FILOSOFÍA: La academia Flynn surge del impulso de un instructor experimentado con 10 años de experiencia como profesor, 20 como ingeniero de software y 30 como programador, de implementar un método docente que combine el dinamismo de las pequeñas academias con las enseñanzas fundamentales de un programa universitario. Dicho sistema añade a las bases de la ingeniería del software los últimos desarrollos tecnológicos y académicos de lugares punteros como Silicon Valley y Nueva York.

Escuela de Programación iOS y Swift

El enfoque no es el clásico modelo burocrático occidental donde un profesor da una charla a un grupo de espectadores (en ocasiones reticentes) a los que después examina, sino un retorno al modelo oriental de mentor-pupilo, donde el profesor conoce en todo momento la situación de cada uno de sus alumnos, a los que asiste en el trazado de su propio camino didáctico, desde su punto de partida individual hacia el objetivo del curso.

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El profesor se responsabiliza personalmente del éxito de los alumnos, empatiza con ellos, y adapta su enseñanza a las necesidades específicas de cada caso particular. Los conocimientos se imparten desde el cero absoluto, y se provee a los alumnos con dificultades de cuantos ejercicios adicionales necesiten para adaptarse al ritmo del curso. Ninguno se queda atrás, jamás.

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CONTEXTO: La evolución de la tecnología, y en especial la computación, viene siguiendo un desarrollo  exponencial que resulta cada vez más conspícuo. Sus ramificaciones conceptuales, y por lo tanto académicas, son cada vez más prolijas. Los profesionales necesitan hoy invertir mucho más tiempo en actualizar sus conocimientos de lo que lo hacían hace simplemente 10 años, y los crecientes requerimientos cognitivos para el desarrollo de su profesión los encauzan irremisiblemente a un mayor nivel de especialización. A la vez que aumenta el nivel de abstracción de los lenguajes de programación, los proveedores de sistemas operativos ofrecen al desarrollador de software librerías cada vez más potentes y versátiles. Estos son los llamados “frameworks”. Funcionalidades que hace años hubieran requerido cientos de líneas de código por parte del desarrollador, hoy en día son resueltas con la ayuda de un puñado de funciones especializadas. Esto acelera mucho el desarrollo, pero la necesidad de abarcar y mantener al día el manejo de estas crecientes librerías específicas ha orientado la evolución del programador hacia un individuo que no sólo sabe, sino que sabe aprender. Para las nuevas generaciones, el bagaje cognitivo hasta el momento pasa a un segundo plano frente a la habilidad para localizar e incorporar rápidamente los conocimientos específicos para cada nueva situación.

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Pero para desarrollar esta aptitud, hay que haber sido entrenado en el marco de un pensamiento lateral, y no lineal. Es imprescindible conocer y dominar los fundamentos de los ladrillos conceptuales con los que construimos una app. En otras palabras, nuestro árbol cognitivo debe tener profundas y sólidas raíces o de lo contrario será inestable e incapaz de crecer. El pensamiento lineal, dada su superficialidad, sólo puede resolver problemas que son «más de lo mismo», pero nuca adaptarse a nuevos paradigmas. Sólo el pensamiento lateral crea ramas cognitivas. Y cuanto más se entrena uno a ello, más eficiente se vuelve.

Aquí, el alumno entrenado en pensamiento lineal encuentra enormes dificultades para resolver un nuevo problema que se sitúa fuera de sus trayectorias de resolución habituales. Con su estrategia de “más de lo mismo” intenta alcanzar la solución alargando sus líneas de pensamiento sin herencia cognitiva, pero ninguna de ellas acierta en el blanco. Su reacción es dudar, desesperarse, y tratar de buscar online la solución más parecida a su problema, para copiar el código, insertarlo en en suyo propio, y cruzar los dedos para que todo funcione. Pero como el proceso no conlleva comprensión, tendrá enormes dificultades para solucionar los previsibles errores resultantes del injerto fuera de contexto.

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Sin embargo, el alumno entrenado en pensamiento lateral, aunque también buscará información online, enfocará el problema de una forma radicalmente diferente. Comprenderá la naturaleza y fundamentos de los conceptos a incorporar, y creará nuevas ramas en su árbol cognitivo desde esos mismos fundamentos hasta los conceptos en cuestión, trazando así un camino hasta la solución. En lugar de copiar un código y cruzar los dedos, lo llegará a comprender, para extraer de él las piezas que integrará en su propio código, encontrando así escasas dificultades para solventar los posibles errores.

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UN NUEVO MUNDO LABORAL

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La aparición de la famosa “App Store” en el año 2008 propició un revolucionario cambio en el mercado del software. En pocos años hemos pasado de un mundo local donde los programadores tenían que luchar por unas pocas plazas presenciales en grandes empresas que desarrollaban software monopolizado de muy alto nivel técnico como sistemas operativos, grandes sistemas de gestión, paquetes de ofimática o juegos de gran presupuesto, a un mundo global donde cualquier pequeño desarrollador, tanto empresa como particular, puede poner a la venta sus propias creaciones. Al mismo tiempo, la vertiginosa evolución de los dispositivos móviles y su tremenda popularización entre el público – para quien a día de hoy resultan imprescindibles – ha disparado la demanda de programas. La gente lleva actualmente decenas o cientos de apps en su bolsillo, y la tendencia ya es llevarlas también en la muñeca.

Anteriormente a esta revolución, no existían prácticamente PYMES de desarrollo de software, y los departamentos informáticos de las empresas fuera de EEUU estaban casi exclusivamente poblados por personal de mantenimiento de sistemas. Los ingenieros de software, literalmente, no llegaban a ejercer por falta de oportunidades. Pero todo eso ha cambiado, y ahora no sólo hay un número cada vez mayor de empresas que demandan programadores para el desarrollo de una app para sus servicios, sino que individuos con iniciativa tienen la oportunidad de hacerse un hueco bastante lucrativo en el mercado internacional. Todo hemos oído hablar de apps como WhatsApp (comprada por Facebook por 19.000 millones de dólares), Instagram (comprado por Facebook por 1.000 millones de dólares), Flappy Bird (con unos ingresos de cerca de 900 millones de dólares al año), Angry birds (con unos ingresos de cerca de 600 millones de dólares al año), Shazam (que revolucionó la forma con la que descubrimos la música), etc.

Pero la globalización de los mercados no ha sido el único milagro que internet nos ha traído. También ha roto el monopolio de conocimiento que durante siglos ha estado en manos de las universidades, y que sólo en las últimas décadas había permitido la entrada de otras instituciones docentes que también ostentan certificaciones académicas emitidas por el estado o grandes corporaciones. Pero, ¿de dónde viene la necesidad de dichas certificaciones? En primer lugar, hasta la propagación mundial de internet era prácticamente imposible acceder al conjunto de conocimientos necesarios para la completa formación de un profesional. El aspirante a un oficio tenía que acudir necesariamente a un centro de enseñanza oficial, sede de los eruditos del gremio que podían guiarle con respecto al programa a estudiar y su contenido. Y aunque dicho contenido ha estado recientemente disponible en librerías, sin una guía para saber exactamente qué estudiar, cómo estudiarlo, y un entorno apropiado para realizar prácticas, la empresa era fútil. De ahí la razonable desconfianza de la sociedad hacia los profesionales no certificados. Pero una de las emergentes patologías padecidas por las instituciones basadas en las certificaciones, especialmente estatales, es que los programas educativos se arrastran siempre como mínimo un año con respecto a las tecnologías del momento. Los saurópodos burocráticos son de lenta reacción. Un año tecnológico es hoy en día mucho tiempo. Muchísimo. Los sistemas operativos son objeto de actualizaciones menores trimestrales, y actualizaciones principales anuales, que arrastran consigo a los frameworks, compiladores, y entornos de desarrollos (IDE) con los que se construyen las aplicaciones. Y esta frecuencia tiene una tendencia de aceleración exponencial. El revolucionario lenguaje de programación Swift, presentado por Apple en Junio de 2014, fue actualizado en septiembre de 2017 a la versión 3.1, habiendo sufrido ya sendas mutaciones sintácticas desde su versión inicial. En diciembre de 2015 salió de las manos privadas de Apple para convertirse en un proyecto de colaboración global (open source), disparando así su ritmo evolutivo.

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Afortunadamente, en lo que respecta a la tecnología (en otros campos es también argumentable aunque no lo parezca), están empezando a surgir por todo el mundo escuelas online y presenciales, libres de marañas burocráticas, que han aprendido con agilidad y adaptabilidad a hacer uso de la enorme cantidad de recursos disponibles en la red, para construir programas de estudio y material didáctico cada vez mejores. Las escuelas online son más aconsejables para alumnos muy independientes o con previos conocimientos en el campo, y las presenciales para los neófitos que no tengan claros los primeros pasos a dar, o aquellos que deseen acelerar drásticamente su curva de aprendizaje bajo el esmerado tutelaje de un mentor, al tiempo que establecen futuros vínculos profesionales de confianza con sus compañeros de curso. El empobrecido arquetipo de programador cerrado que esconde su código por temor a que se lo roben se extingue ya en favor de uno infinitamente más fructífero que comprende que los principios de colaboración y compartición engendran una sinergia formidablemente creativa y eficiente.

El viejo paradigma sigue tratando de convencernos de que las oportunidades laborales para un profesional de la ingeniería del software se limitan en su mayoría a su país de residencia, y requieren certificados y diplomas oficiales. Pero eso ya no es cierto. Por una parte, en los lugares de referencia y origen de estas tecnologías y sus tendencias en EEUU, a la hora de contratar a un programador las empresas ponderan principalmente la evidencia de trabajo y creatividad, en lugar de diplomas o certificaciones adquiridos cuya exhibición jamás es solicitada. En lo que respecta al desarrollo de apps, los aspirantes a puestos de trabajo presentan su trayectoria profesional, que puede incluir sus propias apps, proyectos con los que colaboren en sitios como GitHub, blogs o canales en los que hagan muestra de sus conocimientos como StackOverflow, ExpertsExchange, Slack, etc., o la experiencia acumulada en el ejercicio de un cierto puesto en una empresa. Esa es la forma de proceder de conocidas empresas marcadoras de tendencias como Apple, Microsoft, Facebook, Google, Amazon, y tantas otras que marchan tras su estela desde Silicon Valley hasta Europa y Asia. Y es que los fundadores de muchas de ellas como Steve Jobs (Apple), Bill Gates (Microsoft), Mark Zuckerberg (Facebook), Larry Page y Sergey Brin (Google), si bien acudieron en un primer momento a universidades en busca de conocimientos, decidieron eventualmente proseguir su camino fuera de ellas. La carencia de certificación estatal nunca les supuso una traba, ni tampoco lo es para aquellos que, no siendo fundadores, aspiran a un puesto en empresas modernas. Hoy en día, pedir a un programador su título en lugar de ejemplos de su código es como pedírselo a un fotógrafo en lugar de ver su portfolio. No tiene sentido. El paradigma de contratación moderna está evolucionando hacia la demostración empírica, y en consecuencia, el paradigma docente que se deriva lo está haciendo hacia un modelo centrado en otorgar conocimientos útiles, y no papeles para enmarcar. Las escuelas modernas entregan diplomas cuya credibilidad está ligada a su reputación y sus resultados como formadores, en constante escrutinio por parte del alumnado y las empresas que eventualmente los incorporan a su plantilla.

Esta entrevista con el director de recursos humanos de Google de Junio del 2013, dónde afirma literalmente que «el expediente académico no sirve para nada», es uno de los numerosos ejemplos que corroboran la experiencia aquí narrada.

En definitiva, la globalización del mercado laboral propiciada por internet está generando un creciente número de oportunidades de trabajo remoto para aquellos familiarizados con el inglés, que huelga decir se ha establecido como lengua común en el globo. En la academia Flynn, si bien las clases se imparten en español, la terminología técnica es dada en ambos idiomas, y se da consejo y guía a los alumnos con las miras puestas en trabajos internacionales, ya sea presenciales o remotos.

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